APARICIONES EN ESPAÑA

E

n 1921, cuatro años después de las Apariciones de la Virgen de Fátima, en Portugal, la vidente Lucía, con 14 años de edad, ingresó en el colegio de las Hermanas Doroteas, en la localidad de Vilar, cerca de Oporto, Portugal. Después de acariciar por algún tiempo el deseo de convertirse en religiosa, en 1925, Lucía, de dieciocho años, empezó con las Hermanas Doroteas. Ella ingresó como postulante, en el convento de la Orden en Pontevedra, España, donde Nuestra Señora, como lo había prometido en 1917, fue a revelarle la primera parte del Plan de Dios para la salvación de los pecadores en nuestro tiempo de rebelión contra Dios: La Comunión reparadora de los Primeros Sábados de mes.

APARICIONES EN PONTEVEDRA

“La Iglesia «imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad» (Lumen gentium, 64). Por consiguiente, María está presente en el misterio de la Iglesia como modelo. Pero el misterio de la Iglesia consiste también en el hecho de engendrar a los hombres a una vida nueva e inmortal: es su maternidad en el Espíritu Santo. Y aquí María no sólo es modelo y figura de la Iglesia, sino mucho más.

Pues, «con materno amor coopera a la generación y educación» de los hijos e hijas de la madre Iglesia. La maternidad de 1a Iglesia se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su «cooperación». La Iglesia recibe copiosamente de esta cooperación, es decir de la mediación materna, que es característica de María, ya que en la tierra ella cooperó a la generación y educación de los hijos e hijas de la Iglesia, como Madre de aquel Hijo «a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos» (Ibíd. 63)”. (JUAN PABLO II, Redemptoris Mater, 44)

Acercarse a Pontevedra y adentrarse en la Casa de la Virgen y en todo lo que se encierra entre sus paredes, es querer penetrar en el misterio mismo de la maternidad de María, hecha realidad en un lugar y en unas circunstancias concretas, en un momento preciso de nuestra historia y a lo largo de estos setenta y cinco años.

Al recordar la aparición de la Santísima Virgen a Sor Lucía en Pontevedra el 10 de diciembre de 1925, no solo vienen a nuestra memoria la Gran Promesa del Inmaculado ‘Corazón de María y la devoción de los cinco primeros sábados de mes. En las palabras del Niño Jesús y de su Madre se habla de reparación, de desagravio y de consolar el Corazón de nuestra Santísima Madre ante los agravios, las blasfemias y la ingratitud de los hombres. Pero se habla también de gracia y de salvación.

Las palabras reparación y desagravio no son palabras gratas a los oídos de nuestros contemporáneos, incluso a oídos de los que nos decimos cristianos e hijos de María. Se ha identificado habitualmente ambas palabras con una actitud negativa ante la vida, con una visión de la realidad trasnochada o a la defensiva, con un planteamiento de la existencia lleno de miedos que solo ve peligro o pecado en todo lo nuevo.

Nada más lejos de la realidad. Reparar hace referencia a reconstruir lo que se ha destruido, levantar lo que ha caído, o reponer lo que se ha defraudado o robado.

Por otra parte, desagravio implica satisfacción por una ofensa, falta de respeto, in gratitud, etc.

El problema está en que el hombre de hoy, como se ha dicho tantas veces y desde tantos ámbitos, ha perdido el sentido del pecado, se ha convertido en un ser amoral; es incapaz de percibir lo que está bien y lo que está mal.

Pero hay más: los que no tienen sentido del pecado no tienen tampoco sentido de Dios. Para sentirse pecador y culpable de una ofensa a Dios hay que creer en Él. En la medida en que disminuye la fe en Dios, decrece inevitablemente el sentido de 1ª culpa. Se hablará de error, de desorden, de desequilibrio; se juzgará a las personas insensatas, sin modales, incorrectas. Pero no se hablará de pecado tal como 10 entiende la revelación cristiana.’

Se trata en definitiva de un problema de falta de fe. Para volver a hallar el sentido del pecado habrá que recuperar primero el sentido de Dios y el sentido de su profundo amor por los hombres, que le llevó a hacerse hombre y morir en la cruz por nosotros. Solo así se entenderá la tremenda ingratitud, la profunda injusticia, el inmenso abuso de la libertad que lleva consigo el pecado, y la necesidad de una verdadera y sincera conversión hasta asemejamos en todo a Cristo, maestro y modelo del hombre nuevo que todos estamos llamados a ser. En esto consiste la reparación, el desagravio y el consuelo a que se refiere el mensaje que se escuchó en Pontevedra.

Por eso, tanto en Fátima como en Pontevedra, el Señor y su Madre no hacen más que recordarnos verdades de la Sagrada Escritura o de la teología muchas veces olvidadas o desfiguradas.

Es exactamente lo mismo que nos recuerda el Papa Juan Pablo Il en la Carta Encíclica Ecclesia in Europa: “<<Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que camina entre los siete candeleros de oro […], el Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió […], el Hijo de Dios» (Ap 2, 1.8.18). Jesús mismo es el que habla a su Iglesia. Su mensaje se dirige a cada una de las Iglesias particulares y concierne su vida interna, caracterizada a veces por 1a presencia de concepciones y mentalidades incompatibles con la tradición evangélica, víctima a menudo de diversas formas de persecución y, lo que es más peligroso aún, afectada por síntomas preocupantes de mundanización, pérdida de la fe primigenia y connivencia con la lógica del mundo. No es raro que las comunidades ya no tengan el amor que antes tenían (cf. Ap 2, 4).

Se observa cómo nuestras comunidades eclesiales tienen que forcejear con debilidades, fatigas, contradicciones. Necesitan escuchar también de nuevo la voz del Esposo que las invita a la conversión, las incita a actuar con entusiasmo en las nuevas situaciones y las llama a comprometerse en la gran obra de la «nueva evangelización». La Iglesia tiene que someterse constantemente al juicio de la palabra de Cristo y vivir su dimensión humana con una actitud de purificación para ser cada vez más y mejor la Esposa sin mancha ni arruga, engalanada con un vestido de lino puro resplandeciente (cf. Ef 5, 27′, Ap 19, 7-8).

De este modo, Jesucristo llama a nuestras Iglesias en Europa a la conversión, y ellas, con su Señor y gracias a su presencia, se hacen portadoras de esperanza para la humanidad”. (JUAN PABLO ll, Ecclesia in Europa, 23).

Lucía, refiriéndose a ella misma, describe el encuentro en tercera persona:

«El día 10 de Diciembre de 1925, se le Apareció la Santísima Virgen y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño. La Santísima Virgen, poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra Mano, cercado de espinas. Al mismo tiempo le dijo el Niño: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas”.

Enseguida dijo la Santísima Virgen: “Mira, hija Mía, Mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos Me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que DURANTE CINCO MESES, EN EL PRIMER SÁBADO, se confiesen, reciban la Santa Comunión, recen la tercera parte del Rosario y Me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los 15 Misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las Gracias necesarias para la salvación de sus almas”.

Luego, Lucía hizo lo que ella podía para hacer conocido este nuevo pedido de Nuestra Señora. Se lo dijo a su Madre Superiora, a su confesor en el convento, e incluso escribió a su antiguo confesor. Ambos confesores tuvieron reservas y aconsejaron esperar».

A pesar de las reservas de sus confesores, pronto Lucía se vería urgida a continuar trabajando para hacer conocido este pedido. Ella nos dice:

«El día 15 Febrero de 1926, andaba yo muy ocupada con mis oficios y ya no me acordaba de aquello casi nada; y, yendo a arrojar un cubo de basura fuera de la propiedad, donde algunos meses atrás había encontrado a un niño, le había preguntado si sabía el Ave María; me había respondido que sí; le dije que la dijeses para oírla yo; más como no se resolvía a decirla solo, la dije yo con él tres veces.

Al final de las tres Ave Marías, le pedí que la dijese solo; pero se calló y no pudo decirla solo; le pregunté si sabía cuál era la Iglesia de Santa María; me respondió que sí; le dije que fuese allí todos los días y que dijese así: ‘oh, Madre mía del Cielo, dadme a Vuestro Niño Jesús.’ Le enseñé esto y entré en casa.

En ese día, pues, el 15-2-1926, volviendo yo allí como de costumbre, encontré un niño que me pareció ser el mismo; y le pregunté entonces: “¿Has pedido el Niño Jesús a la Madre del Cielo?”

El niño se vuelve hacia mí, y dice: “¿Y tú, has propagado por el mundo aquello que la Madre del Cielo te pedía?

Diciendo esto, se transforma en un Niño resplandeciente; conociendo que era Jesús, dije: “Jesús mío, Vos sabéis bien lo que mi confesor me dijo en la carta que os leí; me decía que era necesario que aquella visión se repitiese; que hubiese hechos para que fuese creíble; y que la Madre Superiora sola, para propagar ese hecho, nada podía.”

“Es verdad que la Madre Superiora sola nada puede, pero con Mi Gracia lo puede todo; y basta que tu confesor te dé licencia y que tu Superiora lo diga, para que sea creído; aun sin saberse a quién fue revelado.”

Pero, mi confesor decía en la carta que esta Devoción no hacía falta en el mundo, porque ya había muchas almas que os recibían en los Primeros Sábados en honra de Nuestra Señora y de los quince Misterios del Rosario.

Es cierto, hija Mía, que muchas almas los comienzan, pero pocas los acaban; y que las que los terminan, es con el fin de recibir las gracias que a eso están prometidas; pero Me agradan más las que hagan los Primeros Sábados con fervor, y con el fin de desagraviar el Corazón de tu Madre del Cielo, a aquellas que hagan los quince, tibios e indiferentes.”

Presentó a Jesús las dificultades que tenían algunas almas de confesarse en sábado y pidió que fuese válida la confesión de ocho días. Jesús respondió: “Sí, puede ser de muchos días más todavía, con tal que, cuando Me reciban, estén en gracia y tengan la intención desagraviar al Inmaculado Corazón de María.”

Jesús mío, ¿y las que olviden tener esta intención?

Pueden hacerla en otra confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tuvieran de confesarse.

Después de eso, el Niño Jesús desapareció sin decir nada más».

Próximamente

En Pontevedra, la Virgen Vino a cumplir la promesa hecha en Fátima el día 13
í de julio de 1917: pedir la comunión reparadora de los primeros sábados y la
consagración de Rusia al Corazón de María.

Lucia de Jesús llegó a Pontevedra, para iniciar su preparación al Noviciado en las Religiosas Doroteas, a finales de octubre de 1925. Durante más de cuatro años, abandonando su casa de Aljustrel y los lugares inolvidables de las Apariciones, ha estado educándose, como interna, en un colegio de la ciudad de Porto. Es allí donde siente la llamada de Dios para la vida religiosa y, desde allí, parte para Pontevedra a comenzar los meses preparatorios para el noviciado.

Las Religiosas Doroteas habían comprado la antigua casa de los Marqueses de
Riestra en Pontevedra, en la Travesía de Isabel Il, muy cerca de la Basílica de Santa María la Mayor. Es allí donde Lucia ocupa una habitación, hoy convertida en oratorio y donde tiene lugar la Aparición de la Virgen, que viene a cumplir lo prometido en Cova de Iria (Portugal).

Recordemos primero la conversación, tal cual la relata Lucía, en la que la Virgen le promete esta Aparición en Pontevedra. En ese 13 de julio de 1917, después de pedir a la Virgen un milagro para que todos creyesen en las apariciones, el texto de Lucia; sigue literalmente así:

En octubre diré quién soy y lo que quiero; y haré un milagro para que todos
crean. Sacrificaos por los pecadores, y decid muchas Veces, especialmente siempre que hiciereis algún sacrificio:

“Oh Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”

Al decir estas últimas palabras, abrió de nuevo las manos, como en los meses pasados. El reflejo parecía penetrar en la tierra; y vimos como un mar de juego: Sumergidos en este fuego (estaban) los demonios y las almas, como sí fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, conforma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de las mismas salían, juntamente con nubes de humo. Catan hacia todas partes, semejantes al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio; entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Debe haber sido a la vista de esta que yo dí aquel ¡Ay!, que dicen haberme oído.

Los demonios distinguíanse por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros carbones en brasa. Asustados, y como para pedir socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora, quien nos dijo entre bondad y tristeza: Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores.

Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. Si hicieren lo que os digo, se salvarán muchas almas, y tendrán paz. Para pedirlo vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculada, y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieren a mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas.

“POR FIN MI INMACULADO CORAZÓN TRIUNFARÁ”

El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá; y será concedido al mundo algún tiempo de paz.

Pues bien: esa promesa la cumple le Virgen el día 10 de diciembre de 1925, aparecíéndose a Lucía, humilde postulante Dorotea, en su celdita de Pontevedra. Dejemos que la misma Hermana Lucia, con su sencillez, nos narre los hechos:

El día 10 de diciembre de 1925. Se le apareció la Santísima Virgen, y al lado, como suspendido en una nube luminosa, un niño. La Santísima Virgen la ponía la mano en el hombro, y mostraba al mismo tiempo un Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas. En ese momento, dijo el niño:

– Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas, que los hombres ingratos le clavan sin cesar; sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas.’

Inmediatamente dijo la Santísima Virgen: Mira, hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú al menos procura consolarme; y di que:

“A TODOS LOS QUE, DURANTE CINCO MESES EN EL PRIMER SÁBADO.
SE CONFIESEN, RECIBAN LA SAGRADA COMUNIÓN, RECEN EL ROSARIO, ME HAGAN QUINCE MINUTOS DE COMPAÑÍA, MEDITANDO EN LOS QUINCE MISTERIOS DEL ROSARIO, CON EL FIN DE DESAGRAVIARME, LES PROMETO ASISTIR EN LA HORA DE LA MUERTE
CON TODAS LAS GRACIAS NECESARIAS PARA SU SALVACIÓN,”

Devoción Reparadora de los Cinco Primeros Sábados
L

La parte más notable de la primera Aparición en Pontevedra es la promesa incomparable hecha por Nuestra Señora a todos aquellos que hagan la Devoción Reparadora de los Cinco Primeros Sábados, bajo las condiciones requeridas: “Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las Gracias necesarias para la salvación de sus almas.”

Esta gracia asombrosa, de la cual incluso las almas más santas no pueden estar seguras, se promete incondicionalmente a todos aquellos que hagan esta Devoción. Esto sirve como indicación del gran poder de intercesión que Dios ha otorgado a la Santísima Virgen para la salvación de las almas.

El confesor de Lucía le hizo más tarde una serie de preguntas sobre las Apariciones de Pontevedra. Una de las preguntas fue: “¿Por qué cinco sábados y no nueve o siete, en honor de los Dolores de Nuestra Señora?” Luego de recibir las preguntas, ella pidió a Nuestro Señor la ilustrara sobre las respuestas, que unos pocos días más tarde ella dio a su confesor. Esto es lo que ella le escribió:

«Cuando estaba en la capilla con Nuestro Señor, parte de la noche del 29 al 30 de Mayo de 1930 —nosotros sabemos que tenía el hábito de hacer una hora santa de once de la noche hasta la medianoche, especialmente la noche de los jueves, de acuerdo a los pedidos del Sagrado Corazón en Paray‑le‑Monia—. Le hablé sobre las preguntas cuatro y cinco, y repentinamente me sentí más íntimamente dominada por la Presencia Divina y, si no estoy equivocada, esto es lo que me fue revelado:

Hija Mía, la razón es simple. Hay cinco tipos de ofensas y blasfemias cometidas contra el Inmaculado Corazón de María:

  • Blasfemias contra la Inmaculada Concepción.
  • Blasfemias contra Su Virginidad Perpetua.
  • Blasfemias contra Su Divina Maternidad, al rechazar al mismo tiempo, reconocerla como la Madre de los hombres.
  • Las blasfemias de aquellos que tratan de sembrar públicamente en los corazones de los niños indiferencia o desprecio o aun odio por esta Madre Inmaculada.
  • Las ofensas de aquellos que la ultrajan directamente en Sus Santas Imágenes.

Allí, hija Mía, está la razón por la que el Inmaculado Corazón de María Me inspiró a pedir este pequeño Acto de Reparación y, en consideración a él, a mover Mi Misericordia para perdonar a las almas que han tenido la desgracia de ofenderla. En cuanto a ti, procura incesantemente, por tus oraciones y sacrificios, mover Mi Misericordia con esas pobres almas.”»

Nosotros tenemos, en esta comunicación de Nuestro Señor, una de las ideas más importantes en el Mensaje de Fátima: Desde que Dios decidió manifestar Su Plan de Amor, cual es otorgar Sus Gracias a los hombres por la mediación de la Virgen Inmaculada, resulta que su rechazo a someterse con docilidad a esa Voluntad Divina es un pecado que hiere particularmente Su Corazón, y por el cual Él ya no encuentra en Sí mismo ninguna inclinación a perdonar. Ese pecado aparece imperdonable, pues no hay, en cuanto a lo que a Nuestro Salvador se refiere, ningún crimen más imperdonable que despreciar a Su Santísima Madre y ultrajar Su Inmaculado Corazón, que es el Santuario del Espíritu Santo.

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